domingo, 10 de agosto de 2014

Aleluya

¡Oh dios mio, mirad! Alzad la vista pobres humanos y contemplad, pues dichosos seáis los que encontrándoos en la más profunda soledad halláis consuelo, y gritad ¡aleluya!, pues seréis libres y vuestros pecados serán perdonados y vuestros sufrimientos recompensados.

Dichoso sea el día en el que mi alma decidió no quererse a sí misma y quiso hacerse daño continuamente.
Dichoso el día en el que unos ojos nunca me miraron con lástima por no saber lo que era el sufrimiento ¡mentira!
Dichoso el día en el que haye el consuelo que promete ser tu corazón dolorido y acogedor que nunca olvida y siempre recuerda, haciéndome saber continuamente que nunca seré la espectativa perfecta de nadie, y ¿para qué?
Dichosos...oh dios...dichosos los corazones de los humanos que viven aterrorizados dos segundos antes de morir y aún así no sienten rencor por aquellos que le dieron la espalda y los abandonaron.

¡Aleluya! Gritad y sabed que habrá un día, sólo uno, en el que entenderéis que quizás no deberíais estar vivos, pero, ¿qué es vivir? Y en ese instante alcanzaréis la gloria bendita, y no la que ofrece ningún dios inventado, sino la que ofrecen vuestros corazones aterrorizados.

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