viernes, 28 de febrero de 2014

Última flor

Era como un almendro.
Oscura.
Parecía que la vida se había
alejado de ella.

A su alrededor
los demás árboles resplandecían,
daban sus frutos
cargados de vida.

Y un día, de repente,
llegaste tú.
Hiciste que ese almendro apagado
empezara a echar flores
y se volviera hermoso.
Brillaba.
La alegría brotaba
por cada poro de sus ramas.

Pero llegó el día
en el que la heriste.
La abandonaste.
Dejaste que sus flores
cayeran al suelo.
Permitiste que ese árbol
llorara.
Se volvió a apagar
y a oscurecer.

Al cabo del tiempo
quisiste volver, hacerla feliz.
Habías alegrado a muchos otros árboles
durante ese tiempo sin ella.
Pero ella, ese árbol,
había estado desnudo,
desierto de ninguna flor.
Y cuando intestaste que
volviera esa primavera en que brilló,
ese árbol te sonrió,
intentó florecer otra vez pero
no lo consiguió.

Entonces te diste cuenta
de que cuando te fuiste la primera vez
habías clavado un hacha en su tronco.
Y ese almendro se moría,
pero no te dejó de sonreír,
dejó caer su última flor por ti.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.